Uruz Arts Magazine

COLABORACIONES DE NUESTROS LECTORES

 

Imágenes que sugieren emociones o ideas. Palabras que te atrapan por un tiempo... o letras fugaces que estimulan el pensamiento. Poemas, cuentos, textos e imágenes enviados por nuestros lectores para su difusión. Algunos serán seleccionados para figurar en las páginas del primer número de Uruz Arts Magazine. ¡Te invitamos a leerlos todos!

Textos e imágenes sujetos a leyes internacionales de derechos de autor.

Prohibida su reproducción total o parcial sin el consentimiento de los autores.

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IX (Aquí no vive Nadie)

Por: Luciana Mellado

 

también yo te amaba y masticaba la sombra de tu cuerpo

me acercaba a esa sombra con breve salto

porque también te amaba cuando estabas

y te vaciabas de luz sin preguntar mi nombre

ni por qué te seguía

pero también sabía que aquello era el murmullo

amoroso del que está partiendo

porque te estabas yendo entonces

rodabas

como una máquina infalible que deja en el suelo

unas marquitas como pisadas de perros

diminutos / de loros

como cáscaras de frutas invisibles

que dicen no me olvides

que riega / la niña de la albahaca 

y la memoria rodando papelitos en el viento

cuando te ibas por la ruta y te quedabas

pegado a los alambrados / a las matas

no me voy del todo me decías

pero yo veía que la mancha de la luna se achicaba

que la luz era plena en lo oscurito

y me olvidaste nomás entre los ojos

bebiendo la pupila un sueño líquido

de tigre ciego que atrapa el color de la presa

y se le olvida entreabierto el otro ojo

que es árbol del follaje acolchonado

por donde el sol retumba en cada salto

que hacia tu sombra el barranco

me incendiaba.

 

Luciana Mellado, poeta, investigadora y docente. Argentina.

http://enlapiznegro.blogspot.com  

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Nocturno

Por: Julio César Ferreyra

 

El espejo se desnuda.

No conozco el mar

se que habita en un suburbio

de palabras

con sed,

gime por las noches.

Debajo de las sabanas

mis manos,

dos peces peregrinos

en la bahia

de tus muslos.

Me muerdes

con hambrienta bohemia.

No conozco el mar.

La huella del esperma

se derrama.

Silencio y mas silencio.

La pausa

en el limite exacto.

La frase callada.

El semaforo palpita en la esquina.

Un puño se cierra.

A mi cama

le tiembla la boca,

ojerosa se despierta

sin comprender

mi sueño.

 

Advertencia

por: Julio César Ferreyra

El caminaba por la vereda rota, con su vieja radio a pilas.

Ella lo alcanzo corriendo y lo paso.

El se detuvo pensativo -¿quien sera?, despacio volvio a caminar, ella paso corriendo nuevamente. El se detuvo, la observo de atras, ella siguio despacio con intencion de esperarlo.

El locutor con vos susurrante dijo:

- Ten cuidado con tu sombra.

 

Julio César Ferreyra, escritor. Argentina.

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No temas por la calle

Por: David Garrido

     Un hombre y una mujer caminan al atardecer por la callejuelas del casco antiguo. Él pasa de los sesenta, viste gabardina marrón clara y pantalones de pinzas. Ella debe tener algunos años menos, y aunque lo intenta, no consigue disimularlos del todo. Viste abrigo de piel negro y falda de tubo, y los tacones de aguja de sus zapatos golpean los adoquines mojados resonando como picotazos de pájaro carpintero sobre madera hueca. Giran una esquina y ambos se paran frente a un escaparate. Lo comentan y tras unos segundos reanudan la marcha. La ciudad brilla húmeda bajo las farolas recién encendidas. Llegan a una plaza donde los jóvenes se congregan en grupos dispersos. Se oyen gritos y risas mientras, de fondo, alguien toca los bongos.

     -Vamos, anda rápido, que este sitio no me gusta nada...

     -Míralos, míralos, es lo único que saben hacer, beber y fumar porros...

     Ahora andan deprisa; tanto, que cruzan la calle sin  mirar a un lado y a otro y un coche esta a punto de llevárselos por delante. Él pone la mano sobre el capó, como si eso bastara para detenerlo. Y si, el coche se detiene, pero solo después de marcar la calzada con la goma de sus neumáticos. El sonido chirriante del frenazo ha llamado la atención de otros transeúntes. El conductor hace gestos desde detrás del volante. Él la agarra a ella por la cintura y la lleva hasta la seguridad de la acera de enfrente. Luego se gira y le hace un gesto airado al conductor para que siga su marcha.

     -Van como locos...

     -Y que lo digas, es increíble... ¿Y si se les cruza un chiquillo qué?

     -Calla, calla... Esto deberían hacerlo todo peatonal y así se acabarían los problemas.

     Giran a la izquierda y entran en una calle llena de bares que comienzan a desperezarse abriendo sus puertas. Es sábado y todos se han preparado para la larga noche que se avecina.

     -Fíjate, menudo antrucho... ¿Cómo puede haber gente que entre ahí a tomarse nada?

     -Pues imagínate que tipo de gente debe ser... Putas y drogatas, en esta calle no hay mas que bares de putas y drogatas...

     Pasan, con la cabeza agachada, junto a un camarero que se fuma un cigarro bajo la intermitente luz de neón de la entrada del pub en el que trabaja. El camarero los mira a ellos de arriba a bajo. Ellos lo miran a él de reojo. Cuando están a suficiente distancia, él observa:

     -En estos sitios solo trabajan sudacas...

     -A saber lo que servirán ahí dentro...

     -Ahí, droga, seguro... La mayoría de estos sitios no son mas que tapaderas. Lo que no entiendo es por qué la policía no hace nada al respecto. Luego déjate el coche mal aparcado un segundo y verás que rápido se te lo lleva la grúa... Y a esta gentuza, nada, no les dicen dicen ni mú...

     -Calla, calla, que te van a oír.

     Ahora se acercan a un grupo de personas que hablan en una lengua distinta a la de ellos.

     -Tranquila, si aquí nadie nos entiende. No ves que son todos moros, negros y rumanos.

     -Parece mentira que estemos en España.

     -Así va el país. Esto cada vez da mas asco.

     Giran a la derecha y comienzan a avanzar por una calle mas ancha, donde multitud de vendedores de baratijas han extendido mantas en el suelo para mostrar y ofrecer sus productos a los viandantes. Ellos pasan de puntillas caminando por el borde de la acera, manteniendo en todo momento la vista al frente para evitar siquiera cruzar sus miradas con las de los manteros, quienes no dudan en abalanzarse sobre cualquier peatón que aminora su marcha y muestra un mínimo de curiosidad por los objetos que venden. 

     -Madre mía, no dejan ni sitio para que podamos pasear las personas normales...

     -Tu tira pa'lante y no te pares... Y no pierdas de vista el bolso, que esto está lleno de carteristas.

     Giran de nuevo a la derecha y se dan de bruces con un grupo de jóvenes de aspecto mugriento y desaliñado que tocan la flauta y hacen juegos malabares. Un perro raquítico se les acerca y los olfatea. Moviendo la cola se levanta sobre sus dos patas traseras y planta las delanteras encima de ella, quien, asustada, se queda completamente inmóvil. Él acude al rescate y espanta al perro dándole una patada en las costillas. Los jóvenes protestan y él se encara con ellos. Comienzan a discutir acaloradamente. De repente un par de policías aparecen por el fondo y él los llama con gritos y gestos desde el centro del corrillo que se ha formado a su alrededor. Los jóvenes recogen sus cosas y se largan antes de que los dos policías lleguen hasta allí. Éstos dispersan a la gente y hablan un rato con el hombre, quien acusa con vehemencia a aquel grupo de "guarros" de haber intentado agredirle. Los policías lo tranquilizan y al cabo de un rato ambas parejas reanudan la marcha en direcciones opuestas.

     -Vámonos a casa, ya hemos tenido bastante por hoy... No vuelvo a pisar este barrio en mi vida... Este barrio da asco...

     -Tranquilo, cálmate, que gracias a Dios no ha pasado nada...

     -¡Que no ha pasado nada, que no ha pasado nada! Esos hijos de puta me iban a linchar, si no llega a aparecer la policía me linchan... Ya podrían, ya, seis o siete contra uno... Ahora, si me pillan con veinte años menos, te digo que me lío a hostias y a un par me llevo por delante... Ya te digo, quizá no hubiera podido con todos, pero un par de ellos se hubieran acordado de mi el resto de su asquerosa vida...Guarros hijos de puta...

     -Vale ya, cálmate que te va a subir la tensión y vamos a tener un disgusto al final...

     -No, si la tensión ya me ha subido... Y todo por culpa de esos cabrones... Guarros hijos de puta...

     El hombre se detiene sofocado. La mujer le pregunta si tiene alguna pastilla de las suyas y él asiente.

     -Entremos ahí y pidamos un vaso de agua...

     -¿Ahí? Ni loco entro yo ahí... No, sigamos andando, que ya estoy mejor...

     -¿Seguro? ¿Quieres que entre yo y pida un vaso de agua?

     Él no contesta, solo apoya su brazo contra la pared. Se encuentra fatigado y le gustaría sentarse, pero allí no hay sillas ni bancos ni nada parecido.

     -Espera aquí un momento.

      Ella se encamina hacia el bar de enfrente. Él se queda esperándola con la cabeza agachada y apoyando su brazo contra la misma pared.

     -¿Se encuentra bien, señor? -le pregunta una joven de raza negra que ha detenido su bici junto a él. Él asiente con la cabeza. La joven no acaba de creérselo del todo e insiste:

     -¿Por qué no se sienta? Estará mejor.

     Él niega con la cabeza mientras las personas que pasan por su lado ralentizan su marcha para mirarlo con extrañeza y curiosidad.

     Mientras tanto su mujer lucha por hacerse un hueco en la atestada barra del bar de al lado, donde la gente se ha congregado para ver el partido de fútbol que está a punto de comenzar. Los hombres la miran de arriba a bajo al tiempo que ella intenta llamar la atención del camarero. Al final lo consigue y el camarero le vende un botellín de agua. Cuando sale a la calle se encuentra a su marido sentado en el suelo. Hay varias personas a su alrededor que lo observan mientras le preguntan si se encuentra bien. Él está muy fatigado y le cuesta respirar, pero aún así asiente una y otra vez. La mujer se abre paso y se acerca hasta él con el agua. Él se rebusca en los bolsillos: gabardina, chaqueta, pantalón... otra vez gabardina, chaqueta, pantalón... chaqueta, pantalón, gabardina... Pero nada, no encuentra lo que busca.

     -Me la ha quitado, esa negra hija de puta de la bici me ha quitado la cartera -repite entre jadeos.

     De repente un niño, de no mas de diez años, se le acerca y señala con el dedo un lugar en el suelo, a su derecha.

     Él se gira, ve la cartera y alarga el brazo para agarrarla. La abre, comprueba que todo su dinero sigue estando allí y luego saca algo de dentro. Lo desenvuelve y se lo lleva a la boca. Su mujer, expectante, lo observa con el tapón en una mano y la botella de agua en la otra. El se la quita de un estirón y le da un trago largo, largo, muy largo...

     -¿Quiere sentarse aquí, señor? Estará mas cómodo.

     El camarero del bar de enfrente ha salido con una silla y se la ofrece. Él la acepta y se sienta en ella. Poco a poco se va encontrando mejor.

     La chica de la bici aparece entonces con los dos policías de antes. Éstos se le acercan y le preguntan.

     -¿Se encuentra bien? ¿Quiere que llamemos a una ambulancia?

     -No, no, ya estoy mejor, ya estoy mejor... Han sido los nervios, han sido los nervios...

     -Bueno, quédese ahí sentado un rato, ¿de acuerdo? Hasta que se le pase... Venga, y ustedes desfilen, vamos, que aquí no hay nada que ver, venga, sigan caminando, desfilen...

     Cuando el hombre parece haberse recuperado del todo, los policías continúan su ronda por entre aquellas calles cada vez mas abarrotadas de gente.

     Pasan un par de minutos mas y el hombre se levanta de la silla:

     -Vámonos de aquí.

     Y comienza a caminar deprisa calle abajo. Ella le sigue con dificultad. Los tacones de sus zapatos continúan repiqueteando contra el empedrado.

     -No pienso volver a pisar este asqueroso barrio, este barrio es una cloaca... -repite sin cesar mientras mueve la cabeza de derecha a izquierda buscando su coche.

     -¿Dónde coño he aparcado el coche? Juraría que era en esta calle.

     -¿No es aquel?

     Su mujer señala una berlina, aparcada en la esquina junto a un árbol, en la que un grupo de jóvenes se apoyan mientras charlan distendídamente.

     -¿Y esos críos de mierda que coño hacen apoyándose en el coche? Como me encuentre un bollo o una raya se van a enterar...

     -Tranquilo, por favor, que ya hemos tenido bastante por hoy...

     -Ni tranquilo ni hostias...

     Saca la llave de su bolsillo y aprieta el botón del mando. El coche silva y sus faros pestañean encendiéndose y apagándose al instante. Los muchachos se apartan y él los mira perdonándoles la vida. Después abren las puertas y cada uno ocupa su sitio dentro del vehículo: él en el asiento del conductor y ella en el del copiloto. Él mete la llave y arranca el coche:

     -Mira esas como van vestidas, si parecen putas... No me extraña que luego pasen las cosas que pasan...

     -Venga, va, arranca el coche y vámonos a casa...

     Un gorrilla se les acerca y comienza a hacerles gestos para ayudarles a salir.

     -¿Y este qué coño quiere ahora? Si piensa que le voy a dar algo lo lleva claro.

     Ella lo mira tras el cristal. El gorrilla le hace un gesto para que se detenga, pero él no hace caso, mete primera y sale chillando rueda. Entonces siente un fuerte golpe´en el morro del coche y, a continuación, algo sube rodando por el capó y golpea la luna delantera resquebrajándola. Cuando coche se detiene, el cuerpo rueda de nuevo por el capó y cae al asfalto. El mira por la ventanilla. Varias personas le gritan desde el exterior. Mira entonces a su mujer que tiembla a su lado con el rostro desencajado. Apaga el motor y abre su puerta. Y al salir del coche ve el cuerpo de un niño, de no mas de diez años, tendido en el suelo sobre un charco de sangre.

 

David Garrido, escritor. España.

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Signos de Puntuación

Por: Vìctor Vegas

     Vengo a engrosar la lista del selecto grupo de escritores excéntricos que detesta usar en sus textos los signos de puntuación. Aclaro que no se trata de una actitud de rebeldía o por mera condición de excéntrico, sino más bien de dar acuse de recibo a un sentido insoslayablemente estético.

     No soy el primero, que yo sepa, en tener cierta fobia visual hacia el uso de estos signos convencionales de la escritura. Sé que ellos se inscriben dentro de las normas y reglas de nuestro lenguaje que exigen ser inobjetablemente respetadas, pero como se sabe, toda norma o regla es susceptible de ser transgredida.

     El grueso del grupo ha optado por la poesía, porque de alguna forma en ella se reducen los problemas de apreciación o interpretación que pueden generar la inexistencia de puntos, comas y paréntesis. Pero excéntrico entre los excéntricos yo he preferido el ensayo, lo cual me ha traído no pocos inconvenientes con mi editor que, como es natural, se niega a violentar las reglas y normas de la Real Academia Española y a confundir o extraviar a los lectores en un mar enrarecido de palabras sólo por complacer los retorcidos gustos de un autor no muy leído.

     Para salvar la distancia entre mis textos y mi editor trabajé durante años en la creación de una técnica que, sin causar desconcierto en la lectura, prescindiera de la utilización de los signos de puntuación. Gasté más de quince años de mi vida buscándola hasta que finalmente di con ella. Después de mostrarla entre algunos allegados y amigos —y de conseguir su tímida aprobación—, me dispuse a presentársela a mi editor.

     Sin embargo, son harto conocidas las diversas y lamentables historias de ciertos genios y sus trabajos incomprendidos durante la época que les ha correspondido vivir, que no aposté un duro por convertirme en una loable excepción. Y como no sé hacer otra cosa que no sea escribir, y demás está declarar que sin publicaciones no hay paga, terminé arreglando con mi editor que mis manuscritos, una vez publicados, podrían convivir con los irritantes signos siempre y cuando yo no los viera. Así que en adelante yo entregaría la última revisión de mis manuscritos utilizando mi técnica y ellos se encargarían de modificarla a su antojo antes de echarla a rodar por las calles en forma de libros.

     Por suerte nunca he tenido la costumbre de leer una de mis obras ya publicada.

     De seguro usted ahora mismo estará leyendo estas notas cargadas de comas, puntos y ¡hasta signos de exclamación! Por supuesto, a causa de un dictamen cobarde y egoísta de mi editor, nunca se dará por enterado de la original técnica que desarrollé para prescindir de los repulsivos signos y que mis textos pudieran ser leídos como Dios y nuestra Real Academia lo mandan.

 

Víctor Vegas, narrador, dramaturgo. Venezuela-España.

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Mientras cambia la luz

Por: Victoria Rhode

     A lo largo de los últimos ocho años he tenido la oportunidad de viajar por varias ciudades de Latinoamérica. Impostergables asuntos relacionados con mi trabajo que reclamaban mi presencia. Recuerdo que mi primera incursión al exterior fue a Santa Fe de Bogota. De aquella primera experiencia, hubo cuatro aspectos que me llamaron enormemente la atención: el clima de la capital colombiana, su hermosa arquitectura, el carácter de su gente y los niños de la calle.

     Tiempo después el contacto con otras capitales de la región como Ciudad de México, San José, Santo Domingo, Sao Paulo y Buenos Aires hicieron que me percatara de que, aunque el clima y la vegetación cambiaran de una geografía a otra, la arquitectura se amoldara a ese clima o al carácter de su gente que, a su vez, respondía a un arquetipo demasiado divulgado más allá de sus fronteras; los niños de la calle seguían siempre —tal vez con inusual apego— un mismo patrón: mientras la luz del semáforo detenía por un instante la prisa de los autos, ellos corrían a limpiar los parabrisas o faros, ofrecían flores u otras nimiedades a los chóferes o ejecutaban un performance de malabares circenses.

     Todo para conseguir unas pocas monedas.

     Según cifras de la OIT, 17,4 millones de niños trabajan en las calles de las urbes de América Latina. Esa situación los expone a múltiples riesgos que van desde el maltrato pasando por el flagelo de la droga hasta llegar al escabroso abuso o comercio sexual.

     Una vez que un niño ha saboreado la independencia que le concede la calle, una vez que ha sido picado por esa tentación, es muy difícil, por decir lo menos, que acepte de buenas a primeras insertarse o retornar a las bridas de una educación formal. De allí el fracaso de algunos programas que intentan reinsertar a los niños de la calle en centros demasiados rígidos, demasiado fríos y distantes que buscan de esa manera institucionalizar el problema. Incluso las cifras que arroja la aplicación de metodologías más modernas y adecuadas, que trabajan el problema desde su hábitat, la calle, son absolutamente aplastantes, desalentadoras.

     La gente anónima que se mueve detrás de las fundaciones, asociaciones civiles y ONG’s que pretenden ablandar un poco esta dura realidad, no sólo tropiezan en su camino con el enorme obstáculo que representa la escualidez de sus presupuestos, sino, también, con la imprudencia natural del ciudadano común.

     Para muestra un botón.

     El que sigue es el testimonio de Lil Otero, directora de una institución caraqueña que se dedica a rescatar niños de la calle desde su propio hábitat: “En muchos casos pasamos todo un día de trabajo con un niño, evitamos que consuma drogas, entre otras cosas, y cuando sale de aquí la gente le da dinero, que ellos usan para comprar estupefacientes. Por esa razón, recomendamos que no les den plata; en cambio, obséquienle comida o ropa, incluso a quienes se dedican a limpiar vidrios de los autos. O hablen con ellos. Sería de gran ayuda para las instituciones que tratamos de rescatarlos”.  

     Pero hasta ahí no alcanza a llegar nuestra lástima.

     Habría que añadir que la conmiseración es un sentimiento inútil. La mayor de las veces hasta perjudicial, contraproducente, como deja discurrir entre líneas, en el párrafo anterior, la voz de la trabajadora social. Si a esa piedad no sigue una reflexión o una acción concreta sobre el problema, en el fondo no vale la pena haberla sentido. Impulsada por ella cierta gente se apura a sacar unas pocas monedas de su cartera para acallar la voz que le grita desde adentro. Una voz de primitiva fraternidad. Algo así como un acto reflejo. Lo más fácil y cómodo. Después de ese acto, cuando la luz retorna a verde, el gran “benefactor” pone en marcha su máquina convencido de haber refrescado en nuestros tiempos modernos el mito del buen samaritano.

     Y así continúa la vida como si nada.

     Como si nada.

 

Victoria Rhode, narradora, dramaturga. Venezuela-España.

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La Infancia de las Mariposas

Por: Rocío de Juan Romero

     El cuadro era un collage moderno, una lámina donde habían pegado una rama de árbol en la que se posaban dos mariposas de papel azul. Era el favorito de Cecilia y por ese motivo presidía el salón de su apartamento de recién casada.

     Julio solía llegar tarde a comer. Cecilia le esperaba recostada en el sofá, atenta al sonido de las llaves. Pero últimamente se quedaba dormida. Al abrir los ojos, Julio ya había comido y había vuelto a irse.

     Cuando se reencontraban por la noche, ella se disculpaba y le pedía que la despertase pero, una y otra vez, Cecilia se adormecía y despertaba sola.

     En sus duermevelas, Cecilia soñaba con las mariposas azules del cuadro. Le acariciaban el rostro y le hacían cosquillas en los brazos. Ella sonreía e intentaba alzar la mano para atraparlas, pero las muy pícaras salían huyendo.

     Dejó de soñar con mariposas cuando su marido comenzó a faltar a los almuerzos; Julio se excusó diciendo que le compensaba almorzar en el trabajo.

     Ahora Cecilia gasta los mediodías sentada en el sofá y contemplando el cuadro. Hace tiempo que no se adormila. Por las tardes Julio llega tarde del trabajo, demasiado cansado para darle un beso, y se queda dormido enseguida al acostarse. No reacciona a las caricias de Cecilia en su rostro. Y ella se pregunta si será Julio el que sueña ahora con mariposas azules.

 

Rocío de Juan Romero, escritora. España.

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Movimientos de la Luz

Por: Elena Lafert

 

el mercader

augura

muerte

 entre

los cuervos

pálidos

movimientos 

registrados por un ángel

los campesinos

se suicidan

el agua

huele a veneno

jóvenes asesinos

merodean

en la noche 

 

eclipse quiere decir

desaparición

abandono

la muerte de Dios

 

Sorprendido por esta imagen

Cruza el pasillo hacia el este

Alcanza la cumbre, no mira atrás

 

que el sol amplíe

en la pared

el ángulo  

de luz

 

ésta es la fuerza que horada

derritiendo hielos

para preparar la tierra

el musgo

evita la luz

 

una leyenda en forma circular

 

en el cuartel enemigo

tienen un gusto por lo siniestro

se disparan las alarmas

 

nos persiguen

por todos lados

 

así

atravieso

la superficie

 

Elena Lafert, escritora, traductora. Argentina.

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Fuga

Por: Mónica López Bordon.

 

Se oye el jadeante caminar del agua

cuando, de pronto,

rompe el río

hiriente y herido.

 

Algo en la oscura noche

me recuerda que soy hija de otra memoria.

 

Me fugo al dorso de mi lágrima.

Huyo humana,

humanamente.

*  *  *  *  *  *  *

El brillo de algunas horas compartidas

Por: Mónica López Bordón

 

Cuando me hablas

me quedo tan desnuda en mis venas

derribadas y cautivas en tu fuego

que le pongo acentos a la noche

silenciosa y sigilosa entre los lirios

de locas mujeres que aparecen,

en pequeños retazos,

cuando me hablas,

a orillas de mi vida,

entre el hechizo del mar

y el vértigo de alguna locura.

 

Me abandono a ese brillo

de algunas horas compartidas

que me dejaron tan despojada

en mi carne, conmigo,

tan en medio de una madrugada arrasada

donde hablaban los cuerpos y las leyes de la carne

tan violentas, tan palpitantes.

 

Latiendo en pulso

sigo mirando el resplandor,

esperando la Aurora con sosiego,

una palabra,

un brillo sobre la lejanía.

 

 

Mónica López Bórdón, escritora. España.

http://www.monicalopezbordon.com/

http://vivirparacontarlaconpoesia.blogspot.com/

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Lara

Por: Gabriela Gutiérrez

     At the supermarket, the aisle shined with Easter leftovers, every single one at half price.  And if there was something Lara knew, it was that chocolate is always good, no matter if you didn’t have it at Easter (Pascua, as mom said).  Odds were they tasted as good as they looked.

     And here they were at half price, and the bunny could be used to put coins in it.  And it was half price.  From the end of the aisle her mamma beckoned her, annoyed.  She was pushing the shopping cart and Rebecca was too small to manage Christian.  Doctors could say he was ADHD all they wanted, truth was, he was only DUMB.  Daddy had said jokingly once that he could kill them three and bury them in the backyard without anyone knowing about it, but then he’d be stuck with Christian.  Christian the US citizen, Christian the source of the food stamps.  He would be searched for by the FBI and all.

            Dragging her feet, Lara rejoined her mom, and took Christian absently by the hand.  It didn’t seem like an awful act of selfishness to ask for the bunny.  Daddy always loaded the cart with 6 packs of beer.  But those came from “el sudor de mi culo”, to quote him mentally, since her mom would never allow her to say such a thing.

            Lara and Rebecca never had anything nice or yummy.  Her friend Lucía always had sweets, because her mom was young and pretty, and even if they from time to time had to call the police on her boyfriends, the fact was that she always had pretty things.  Lara and Rebecca had gifts that old ladies from the church thought suitable for them: socks, monopoly, a Bible.  But Rebecca was at least pretty and smart.

            The cart contained all the things the nutritionist had said were bad for them:  rice, beans, pasta.  They were affordable, she knew, but if one had to eat what was cheap, couldn’t one add the half price bunny?  Just for her and Rebecca.  To eat chocolates while watching la novela.  To show Lucía.  To give a couple to Felipe, who, ugly, old and stinky as he was, always said she was pretty and he would marry her if they ran away.

            Now the cashier was unloading the cart, and her mother kept her tired eyes on the prompter, shifting the EBT nervously.  What if there was not enough?  What if the worker found out daddy was working again?  Lara felt so much like crying that she almost squashed Christian’s hand in hers.  He looked up, but continued licking his popsicle absentmindedly.  Lara saw terror in her mother’s face, and realized that even if there had been enough money for the bunny, the EBT probably would not pass it.

            She would have to cry later, telling Felipe about it.  And she would dream of the bunny, but she could never forget it.  Or forgive it, for that matter.

 

Gabriela Gutiérrez, escritora.

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...Y buscando

Por: Miguel Vaquero.

Nadando con recelo

en estas aguas sólidas

 e implacables,

 

saturadas de monóxido de carbono,

donde la utopía

navega en el mejor barco,

donde el amor

naufraga constantemente.

 

Buscando la antítesis

de todo lo que me rodea,

de todo lo que te aleja de mí

cuando estamos juntos,

de todas estas largas y anchas calles

con vistas al mar

del que están a años luz.

 

Nadando,

en este cúmulo de injusticias

donde la marginación

ataca al más débil

e ignora al poderoso,

la insensatez y el arribismo

obtienen su recompensa

y la razón asusta al rebaño.

 

Buscando la voz del silencio

para escuchar la verdad del bullicio

en este océano gris

adicto a la incomprensión.

 

Nadando, buscando,

buscando, nadando,

nadando, buscando...

un poco de cariño.

 

Miguel Vaquero, poeta. España.

http://www.miguelvaquero.com/

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Jetlag

Por: Luis Cattenazzi

     Ella viajará de vuelta a casa un día antes porque se canceló la última reunión. Pensará en sorprender a Martín, como cuando eran novios. Sacará pasaje para volar temprano, está harta de hacer tiempo en los duty free de los aeropuertos.

     Check-in.

     Se dormirá a diez mil pies, después del sándwich de cortesía y varios “dedos” de Jack Daniel’s. El comandante anunciará excelente clima en la ciudad de destino.

     Le tocará un taxista de los que hablan. Verá los edificios despertarse en su neblina de smog.

     Se retrasarán en el tráfico de la autopista. Pasadas las diez, el taxi la dejará en la puerta de su casa en el country. Horario de oficina: la camioneta de Martín no debería estar ahí. Verá también un autito blanco, un modelo práctico y femenino, ideal para secretarias hacendosas.

     Entrará como un ladrón a su propia casa, amortiguando con la mano el ruido de las llaves. Soltará su bolso en el felpudo. Welcome. Se comerá las cutículas con la vista fija en la escalera del dormitorio.

     Ya sin tacos —mareada y eufórica, pacífica y ansiosa, como en una abstinencia de Rivotril— subirá cada escalón pegada a la pared, torcerá con el hombro la reproducción del Van Gogh.

     Los oirá desde el rellano: el vaivén familiar del somier dando y dando contra la pared. Casi podrá imaginarla: veinte años la muy puta, las piernas sudadas revolviendo sus sábanas de lino preferidas.

     Recordará dónde esconden la Beretta —ya no se puede vivir tranquilo ni en un country—. Cuarto de huéspedes, estante de arriba, caja de zapatos Jimmy Choo. El cargador en otro lado, disimulado entre las medias.

     Amartillará, y se doblará la uña destrabando el seguro. Enrollará el cañón del arma con un jogging, como en las películas. Desde el curso de Defensa Personal sabe bien cómo resuena el estampido de una 9mm.

     Abrirá despacio la puerta del dormitorio. Por la cadencia y los gemidos de la cama sabrá que están por acabar. Empujará como al descuido ese adefesio de piedra que trajeron de Polinesia. Será suficiente ruido: Martín dará un respingo como un bailarín de capoeira. Ella verá el horror en los ojos de la minita —veinte años, la muy puta—, en cada destello afónico de la Beretta. Martín caerá arrastrando las fotos felices de la mesita de luz. “Lolita” no llegará a gritar: su bronceado contra las sábanas claras habrá sido un blanco muy fácil.

     Después, esconderá la pistola en cualquier parte. No limpiará nada. Sí se lavará la cara en el toilette, se retocará el maquillaje y el rodete corporativo. Pasaporte en regla, quizá tenga suerte. Llamará un taxi y volverá a cargar la valija.

     Al aeropuerto.

     Otra vez a bordo —sándwiches/whisky—, no querrá dormir, y tampoco abrir los ojos.

     Por más que trate y trate, no tendrá certeza del vuelo en que viaja. ¿El de ida? ¿El de vuelta?

     En la inmovilidad y el zumbido del avión a novecientos kilómetros por hora, se preguntará si es que todo ha sido un sueño inquieto o un plan largamente postergado o el recuerdo patente de un asesinato.

 

     Luis Cattenazzi, escritor. Argentina.

     http://revistaaxolotl.com.ar/facebook

 

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Indrisos

Por: Isidro Iturat

 

El centauro se asoma por la ventana

y la mujer dormida está hablando en sueños.

Llora y ríe, porque un centauro la rapta.

 

Cabalga en su sueño la mujer dormida,

cabalga en su sueño y es cabalgada.

En la selva, nadie la oye cuando chilla.

 

Llora y ríe como nunca en su vigilia.

El centauro la mira... por la ventana.

 *  *  *  *

The centaur looks inside, through the window,

and the sleeping woman speaks while she sleeps.

She is crying and laughing, because a centaur kidnaps her.

 

The sleeping woman rides in her dream,

rides in her dream, and is also ridden.

In the forest, nobody hears her when she screams.

 

She is crying and laughing like she's never done in her vigil.

The centaur is staring at her... through the window.

 

 

Isidro Iturat, escritor, catedrático. España- Brasil.

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Pasen y Vean

por: Gerardo Almada

 

 
 
Inverso
 
Por: Gerardo Almada

 

Gerardo Almada, artista visual. Chile.

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Aquí no

Por: Rolando Revagliatti (traducción de Karina Macció).

 

En el espejo pasa

no aquí

aquí

no pasa.

 

Es en mis ojos ciegos donde pasa

no aquí

aquí

no pasa.

 

Not in here

In the mirror it happens

not in here

here

it doesn't happen.

 

In the reflection in  the water of the lake it happens

not in here

here

it doesn't happen.

 

It's in my blind eye where it happens

not in here

here

it doesn't happen.

 

Rolando Revagliatti, escritor. Argentina.

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Sin título

Por: Marco Padilla

     Apoyada contra la pared del suspiro ella y mis venas, contra su mano. Bajo un beso de vidrio, este poema, este amor tirano. Tonalidades del paso del tiempo. Expectante ante lo sublime del sueño. Maremágnum sentimental. Y llega a pensar. Que la hipnosis que generan sus ojos no son ciencia ni psicología elemental. Contra la pared, de mi suspiro. disfruta las veinticuatro horas de este día en que yo no la dejo de respirar.

Marco Padilla, escritor.

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Alfa y Omega

Por: Beatriz Iriart

 

Resultó abundante

la herencia de las faltas

y recibimos el inevitable patrimonio

de las tinieblas cotidianas,

el ignorar los gritos,

contener los sollozos

y esperar la muerte

sin asombrarnos.

 

Sin blasones

Por: Beatriz Iriart

 

Crecimos.

Con la garganta sin gritos

ausencia en los ojos

preguntando

en las tardes de escorpio

si existe

el olvido.

 

Mieses

A Silvio

Por: Beatriz Iriart

 

Te doy

mis genuinos girasoles

me das

una canción

con tus manos de matar

y ambos componemos

la melodía cruel y devastadora

de un exilio prematuro.

 

Vincent no ha muerto

Por: Beatriz Iriart

 

Ignorabas tu residencia.

Admirar

"La ronda de los prisioneros"

no significaba compartirla.

Los cuervos te llamaron

cuando la última pincelada y la tarde

se unieron.

 

Beatriz Iriart, escritora, pintora. Argentina.

 

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El Amor es una Herida (poemario)

Autor: Tomás Mogna.

Nos equivocamos a menudo en el amor, a menudo herido, a menudo infeliz, pero soy yo quien vivió y no un ser ficticio creado por mi orgullo. 

George Sand

 

El viento trajo tu sonido bajo sus alas;

Es el susurrar de un lamento,

Es el descifrar de lágrimas de un dolor lento.

Desamor le llaman, que es como una tarde gris;

Oscura reflexión de dudas y desesperación.

 

 Te has convertido en mi pretexto para olvidar,

Al lado de mi juego etéreo con la soledad.

Apareces como disfrazada de desnudez,

con un desvelo por huir que me estremece

como la primera vez que no estabas.

Te fuiste detrás de un  pasado perdido

Y yo abrazándome  en un sueño de otoño

con la verdad de mis hojas caídas.

Ahora en mis sueños ni siquiera estás;

Y dejé de soñar para creer tenerte,

y voy a dejar de vivir para vivirte ahora

en la impotencia de amarte como último aliento

para no ser incorregiblemente correspondido.

  

Y seguiré escribiendo hasta secar

                                                     mis apetitos,

hasta culminar mí episodio,

                              hasta que no existas tú.

Después de allí

                           inventaré otro sueño

de esos que no se llame amor.

 

Malquerencia; una palabra que es un paso atrás,

Y su silencio es retumbante como la distancia.

Continúo viviendo, y me circundo en angustias,

en incontrolables padecimientos que ahogan

como el olor de las violetas en la capilla.

Hay hambre por querer que haya paz.

No ser amado pesa como culpa,

duele como herida abierta e impura,

entonces, uno muere de amor.

 

Quiero volverme tu amante,

a la fuerza y sin pudor;

para compartir tus camas,

para antojarte con mis hambres.

Enseñarte mis espejismos,

así tú seas uno de ellos.

Ser amante único e indiviso,

simétrico a tus ansias,

diluido en tus ardores

y lanzado a la inmensidad

por tus gemidos de frenesí.

Volverme ese amante fantaseado,

Sin eufemismos e ironías,

Solo intacto a tus deseos,

Sempiterno a tu infinidad.

Solo eso  es lo que deseo

para poseerte inalterable

en esta ausencia tuya.

 

Soledad es miedo irreversible a no querer

Es memoria de lo no conocido

                              Y no es como la locura

Es olvido a olvidar

 

Esto era una página vacía

como la vida que me dejaste.

Y decidí llenarla,

aunque sea con palabras,

es lo único que queda

después de la disyunción;

palabras que no nacieron

palabras que destruyeron

palabras que se necesitaron.

Ahora solo llenan espacios,

sí encuentran páginas vacías

como esta vida que me dejaste.

 

Tomás Mogna Carrasco, escritor, actor y productor nacido en Venezuela y radicado en España.

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Zafra

Autor: Augusto Enrique Rufino

 

Está extenuada la tierra

    de abrir sus manos de azúcar

           para saciar la codicia

 

Húmedo vientre quemado

      sudor de esperanzas ciegas

          saliva olor a coca y desvelo

      

Chaguanco huesos de junco

                 gladiador de cañas

                         de soles y lunas

 

Memoria de látigos y perros

       vientos de fuego y malhoja

                                 lluvia negra

 

Está extenuada la tierra

    de abrir sus manos de azúcar

            para sostener al insaciable

                     con

                          anhelos

                                    truncados…

 

Augusto Enrique Rufino, escritor. Argentina.

http://oranliterario.blogspot.com/

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Lo inesperado

Autor: Jaime Albores

           Sucedió un sábado, como cualquier otro sábado: cuando me levanto tarde, pues es ya costumbre ir todos los viernes con los amigos a un bar y desvelarme. Además los sábados los dedico a la holganza total. En fin, no tengo nada planeado para ese día. Así son todos los sábados. Aquel sábado, hace ocho días, me despertó el timbre del teléfono  al mediodía y al contestar escuché la voz de mi vecino. Me invitaba por la noche a tomar un café para que conociera a la nueva vecina, que, supuestamente, estaba interesada en mí. También él me recriminaba mi ausencia al café por dos semanas. Acepté la invitación por pura curiosidad, ya que a la nueva vecina no la conocía ni de vista.  Y pasé el resto del día oyendo música “new age”, leyendo el periódico y preparando algo para comer.

            Llegué al café a la hora indicada, tal vez cinco minutos antes de las nueve. Saludé a la mesera de siempre (flaca y nerviosa) y me sirvió una taza de café, mientras me hablaba rápidamente de los despidos de la compañía de luz y de los apagones, casi diarios, que duraban horas en la colonia.  Y la charla que ella había empezado terminó abruptamente, pues otro comensal (regordete y bigotudo) la llamaba con demasiada insistencia  y eso hizo que me fijara en él y ella corrió a su mesa.  Y recordé que  precisamente por evitar las charlas interminables de la mesera, había dejado de ir al café hace dos semanas.

           Mi vecino entró con la nueva vecina que vestía una chamarra verde y que traía un collar de madera de colores que sobresalía entre su chamarra.  Y en el momento que se sentaba a la mesa se fue la luz. Por suerte había luna llena y alumbraba el lugar.  Mi vecino nos presentó, me guiñó un ojo y se retiró argumentando que tenía un imprevisto en su casa y que si no lo veía podría inundarse. Me reí por su ocurrencia y quedamos en silencio, a oscuras, no sé cuánto tiempo, ella y yo. Sé que escribes, quiero que escribas sobre mi muerte –dijo, de repente. Enseguida sacó de su bolsa una botellita y se la bebió. Cayó al piso. Asustado grité a la mesera que viniera. Y recibí como respuesta, a gritos desde la cocina: “¡no encuentro las velas, mi marido las cambió de lugar; como los demás ponga el dinero del café sobre la mesa,  así lo acordamos desde que empezaron los apagones, después lo recojo!”  Miré  alrededor y no había nadie. Como siempre era el último en irme del restaurante. Pensé que, tal vez, los dos o tres comensales de siempre no se habían fijado en ella, en su llegada a mi mesa, pues se había ido la luz casi a su llegada. Y por miedo a que me involucraran de alguna forma con su muerte: la levanté y la llevé al lugar donde se había sentado el tipo (gordo bigotón) que había llamado a la mesera con gran insistencia y ahí la dejé sentada e inclinada sobre la mesa, como si durmiera.  De regreso a la casa  encontré a mi vecino exprimiendo un trapo; le comenté que ella se había ido del café pretextando cierta preocupación por el incidente de la inundación que él tenía en su casa.  Él, incrédulo y con una sonrisa desdibujada, sólo atinó a decir: ya sabes, así son algunas mujeres y eso que tú le interesas mucho.

          Al otro día vi en las noticias, en la televisión, la foto del comensal (gordo, bigotón) que  había llamado con insistencia a la mesera. El reportero lo acusaba de envenenar a una chica que llevaba un gran collar de colores. Y  decía que ya están en su búsqueda porque encontraron una agenda con direcciones tirada bajo la mesa donde estaba la mujer muerta.  Y un sábado después, por la tarde, vi la puerta del departamento de mi vecino abierta, me asomé y vi que ya no había nada, ni un solo mueble, me imaginé que mi vecino se h

 

abía marchado sin despedirse de nadie, tal vez tuvo miedo, como yo,  que lo involucraran con la muerte de ella.

Jaime Albores, escritor. México.

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El Secuestrador de Cuentos

Por: Juan Manuel Parada

Cuando abrió el libro y notó que faltaba ese cuento, encendió un cigarrillo y se contrajo en la silla. Había escuchado rumores del secuestrador de cuentos, pero nunca imaginó que le tocaría a él.

La voz aguda al otro lado del teléfono le hizo imaginar al hombre que ocultaba los ojos tras un sombrero de ala.

-¿Cómo sé que vive aún?

Y el hombre, con esa voz de personaje maligno, le leyó un fragmento.

El escritor, suspirando de alegría pero ansioso por la suerte que pudiera correr su cuento si éste llegara a suprimirle una frase o cambiarle el final, le preguntó qué quería, dispuesto a pagar lo que fuera necesario con tal de recuperar su relato favorito.

El secuestrador hizo un larguísimo silencio. Del otro lado de la bocina se oía el rumor de la brisa y el rugir de la ciudad.

-Una novela.

Y el escritor, o mejor dicho, el cuentista, conciente de su incapacidad para escribir largo, dejó caer el teléfono y soltó un corto suspiro.

 

Juan Manuel Parada, escritor, editor. Venezuela.

 

Psicosis Perruna

Por: Jack Farfán

      A Fido ojo verde se le ha dado por hacerse el hijo único mordiendo a cuanto perro pulguiento ose quitarle el hueso del plato. En vista de que urgía encontrarle un hogar, porque una no puede andar de mecenas perruna toda la vida, he repartido volantes por toda la ciudad, ya que Fido ojo verde es amoroso con los seres enemigos, o sea con los hombres. Tan sonso es el perro que sí muerde a sus semejantes, pero bien que se doblega al desgraciado que lo llama su mejor amigo, el hombre. Buen guardián, Fido ojo verde. Ideal para rancho con aspirante a escritora que viva sola, y que de rato en rato le urja en cuatro, para que Fido ojo verde la sirva… (de inspiración). Me acosa verlo estresado y bravo en la jaula del veterinario. Es cruza de Bull Terrier, pero cuando mira, sus ojillos no parecen ser los faros malignos escoltando sus colmillos, blanqueando en ese armatoste negro y peludo que es Fido ojo verde. Lo encontré atropellado y herido, pero con los cuidados y frotaciones ya está sanito y esterilizado de todo bicho. Harían bien si lo acogen; casa covacha, nidito zoofílico, qué se yo; algún hogar con bastantes cosas para estropear. No dudo que esa sentencia de que “no hay roto para un descocido”, a veces surte su efecto, sobre todo en el desamparo en el que algunas residencias se encuentran. Creen la necesidad de ser queridos y querendones para con los animalitos, que deberían ser considerados como seres humanos también. No lo puedo tener un día más por su agresión a otros perros. No me va nada que esté enjaulado. Que Fido ojo verde los bendiga. Prometo que no les causará destrozos. Atte: Dra. Fanny Terrier.

 Jack Farfán Cedrón, escritor. Perú.

 

Breve homenaje a F. Anthony Booker

El quince de marzo del presente año murió un pirata inglés, arquitecto, actor, escritor y director en teatro y cine, un uténtico Quijote como pocos haya habido. Su nombre era F. Anthony Booker. Acabó sus días en una casita restaurada de Salar (Granada), lugar en donde el destino nos cruzó a pesar de que mi vida girara entonces por Moscú, con Varsovia atrás y esperándome por delante Estambul y Rabat. Nos vimos en esta vida en tres ocasiones, pero intercambiamos miles de líneas y de poemas que nos permitieron vernos mucho mejor. Me es imposible publicar sus poemas, así que quisiera compartir al menos un regalo que me legó: las traducciones al inglés de los míos. Estos, actualmente, no se corresponden con los originales, que han sido varias veces corregidos, pero comparten el alma… Léanse, pues, como poemas hermanos.

Ester Rabasco Macías

Rabat, 31 de octubre de 2010

Rus

Enredada en una tempestad de humo

brota tu estrella tras las llamas del estío.

 

Yo llego con el cuerpo ajado de espacios

y te bebo a sorbos que me atragantan, 

mientras tú te descalzas y me abrazas

hembra salvaje, con tus pechos de cúpula,

con tu aroma a vodka y tus cínicas grajas,

con tus muertos ocultos y tus ebrias albas,

tan ajena a tu pueblo, devoradora de hijos,

desenredando la historia aún a pedacitos,

destapando rostros de bronce y dudas,

escanciando tu fe en versos y cirios

o entre ruedas de regias limusinas…

 

Por fin te palpo.

Desciendo por tus tripas subterráneas

para emerger al compás de tus aceras

entre atestados vagones y barcos ajados,

entre etéreos vahos y el olor a castaños,

en tu caucásico acento y en tu agria savia,

y en los incendios de tus dorados otoños.

 

A través de los húmedos espejos

que esparces bajo mis pies recién llegados,

hoy entro eternamente en ti.

 Ester Rabasco Macías.

Estambul, 2007-Rabat, 2010

 

All my Russias

 

You hide in a maelstrom of smoke

Rising from the inferno of summer

 

I arrive ... my body stretched by time and space

I savour your sights and sounds

I'm lost deep in your taste

As you shrug off your veil and hold me tight close

Held by a siren ensnared in your embrace

Breathless amid your Saint's spires and domes

Held ... comforted ... as if at a mother's breast

With your wild aroma of vodka and cynical life

Your hidden deaths caught in the new day's light

Out of control ... devouring your sons ... and daughters

Untangling your brassy face and sly official press

Draining your faith in dramas and many confusions

 

At last I understand you

Immersed in your wasted lives

To emerge to the mad rhythum of your streets and rivers

Pulsing with shadows, cars, buses and decaying barges

Curtained in ethereal mists and smells of hot hot chestnuts

With your caucusus accent and your sour milk sap

And ... the delicate fires of your golden autumns

 

I walk on the wet mirrors in the street

That spread beneath my feet

So recently arrived ...

And now I give myself ... to you my Russia

Forever ... in eternity 

Traducción de F. Anthony Booker

Salar (Granada), 2008.

 

Alucinaciones de la realidad

 

Madre de Beslán[1],

tu hijo reposa muerto

sin agua, viento ni aurora.

Y el tiempo y la patria cual saturno lo devoran

en el pasado desventuradamente incierto…

 

Ester Rabasco Macías.

Estambul, 2007-Rabat, 2010

 

 Hallucinations and reality

 

Mother of Beslan

Your son lies in death

Without water, the breath of wind at daybreak

And the time and the country that Saturn devoured

In an earlier unplanned uncertainty

 
Traducción de F. Anthony Booker

Salar (Granada), 2008


[1] La tragedia de Beslán Osetia del Norte-Alania (Rusia)  tuvo lugar el 3 de septiembre de 2004.

Ester Rabasco. Escritora, filóloga, profesora.

http://aorillasdelburegreg.blogspot.com

 

Quiero

Por: Adelfa Martín

Quiero aferrarme a ti mi poesía

de la barbarie no ser la mensajera

cantándole a la luz del mediodía

ser vocera por fin de buena nueva

 

Quiero hablarle al amor, al embeleso

decirle al corazón que el alma mía

prefiere ahora rimar diciendo beso

y no contar los muertos de este día

 

Quiero dejar de lado al ser humano

que perdió en el camino bonhomía

ensalzando al que lucha mano a mano

por una vida mejor, no tan sombría

 

Quiero solo saludar en la mañana

sin mencionar la última noticia

los que murieron ayer con tanta saña

que más bien pareciera fantasía

 

Quiero personas en los parques como antaño

sin preocuparse si la hora es la prudente

que los niños hablen tranquilos con extraños

¿la única razón? ...¡porque que son gente!

 

Quiero dejar tras de mi mejores cosas

a los pequeños que nos traen inocencia

sin saber que no van a encontrar rosas

sino sombras, mezquindad e indiferencia

 

Quiero luz, alegría, un cambio interno

para el hombre del futuro y del presente

convencido ha de estar que por su yerro

como nunca el peligro es inminente

Maribel

Por: Adelfa Martín

     Le  pareció  natural.  Su mejor amiga   en  la secundaria   donde  cursaba   2do.  Año,  era   la  que  la invitaba...  Oye,  mi amigo Carlos, tú  lo conoces,   me  dijo  ayer  que  como  jóvenes  lindas  que somos,  podemos  ganar  algo de  dinero únicamente  por acompañar  por  unas   horas   a   ciertos   señores   muy ricos...Cosa sencilla. Son personas respetuosas,  pero que les agrada lucirse siendo vistos con jovencitas... ¡por presumir, nada más!  Solo los acompañaremos a comer a un restaurante de lujo y  nos regalarán ropa hermosa para que podamos usarla mientras estemos  con ellos, y  que podremos llevarnos después...De hecho, en el lugar nos harán pasar  por sus  hijas...Yo llamo a tu mamà para decirle que te quedarás un rato en mi casa, porque tenemos tarea que hacer.

     Maribel  pensó...es  cierto  que ha  sido advertida de  los peligros que se corren a través de Internet, pero esto  era  diferente,  son gente conocida, va a ser a plena luz del día, en un lugar publico...¡que  de malo puede tener!  Además,  ya para las  7 de la tarde estaré de vuelta.

     No entraron a la escuela. Maribel se fue con su amiga a la casa de ésta, pues sus padres trabajaban y no había nadie.  Se  quitaron el uniforme, arreglándose  un poco... y ya  para  el  momento,  el  amigo  Carlos  hacía  sonar  el claxon.

      Les  dijo, acompáñenme que tengo que hacer un mandado, y luego nos  vamos directamente  a  la tienda  que elijan para que se compren lo que gusten, ya los señores me dieron el dinero...y metiendo la mano en su saco, les mostró  los  billetes,   sonriendo  ampliamente   y diciéndoles...¿no se  los dije? Desde  allí nos iremos a comer.

     Al llegar a la casa, lujosa por cierto, donde Carlos haría su "mandado", les  pidió gentilmente,  bájense  por favor, tal vez me tarde  algo y  aquí en el coche hace demasiado calor. Entraron, se sentaron en una sala amueblada con cierto buen gusto y se pusieron a conversar, mientras Carlos se  metía por un pasillo  al fondo. De pronto  dijo su  amiga,  mira,  allí a  la derecha  está  el baño, voy un momento...no creo que se molesten...

     Como salidos de la nada, se acercaron dos hombres que sonreían abiertamente... ¿Maribel?, le preguntaron...si, yo soy...¡pero que linda eres!, resultaste toda una sorpresa...¿vienes?, ...Se volvió hacia el baño donde había entrado  su  amiga...¿y  ella...y  Carlos...?, no te preocupes, le respondieron, nos alcanzarán luego...vamos...Tomándola firmemente por el brazo, caminaron aceleradamente por el pasillo; aquél por el que Carlos había hecho lo mismo, hacía solo unos minutos...

     Así  fue secuestrada Maribel a los 13 años por  y    para  el  crimen organizado.   Aunque   sus   padres  la  han  buscado  sin desfallecer, estas  organizaciones criminales tienen tentáculos  por doquier, usando distintos métodos y corrompiendo con el poder de su dinero, no solo a jóvenes adictos y ambiciosos, sino incluso a autoridades.

     Estos  pocos detalles, se conocieron cuando el tal Carlos fue apresado por la policía, al ser investigado por un asunto relacionado  con drogas...dos  años  y medio después...

 

 Adelfa Martín, escritora. México.

 

Un verso ha caído de mi destornillador

Por: Parix Cruzado

Es obrero, humilde; no tiene el equipo
de seguridad completo.
Una promesa cumplida de ayer,
es el trabajo de hoy.

Mis bolsillos están llenos de labor,
pues este romance de manos y el quehacer
de mi oficio me brindan una plateada esperanza,
de cuño, con fecha y nombre de mi nación.

Estoy laborando y burlando el honor de tu desempleo,
y estoy contigo, si lees lento…

Si reconoces la voz del punto y rechazas
el amargo rigor, erudito, literario.

Estoy contigo, – adherido a tu carca
si duermes bajo un puente
y comes y bebes y lees… chatarra.

Estoy contigo fuera del aula,
convivo con tu bajo promedio y me robo
el pan que te duele conmigo, que nos duele a ambos
a no pocos –; y duele como duele en su quíntuple ausencia.

Estoy contigo, Limosnero, loco aficionado a la prensa
pornógrafa.
También me gusta – como a ti – el pan con tiburón y pantano;
también gotitas de limón, el agua, el azúcar, la nada;
limonada…

Yo debería correr con todos, pero estoy contigo.
Relegado, renegado, frustrado, tan libre de bienestar.
Y sublime, fiero, tan loco, tan palo, tan costal… vacío,
roto, de yute delgado.

No pan, no bien, no estoy contigo untado con todos;
estoy contigo, de tu lado…

 Un amigo, un tecnico del analfabestialismo al que se

le caen versos del destornillador.

 

Parix Cruzado, escritor. Perú.

 

Un ejemplo de modestia en el siglo XX

(Antonio Machado, de Segovia  a Collioure)

Por José Ruiz Guirado

     Ando  estos días convaleciente. Lo he pasado mal. Echaba de menos, sobre todo, salir estas tardes al sol del otoño, en este lugar serrano, que antaño fue segoviano, donde el viento trae recado de amor; o sea, olores seminales de la sierra (tomillo, espliego, romero). Estuve, estoy pesimista  y ello me hizo evocar  a mi desaparecido profesor de Literatura José Antonio Huertas Muñoz, que a la vez fue alumno de don Antonio Machado en su  Segovia natal. Aquel recuerdo ha precipitado este trabajo, en el que se pretende acercar la modestia del poeta sevillano, a la sociedad actual, como modelo a seguir; basándonos en los entresijos de una conducta, que si alcanzamos iremos deshilando a través de estas líneas, que nos propone la Revista Uruz, a través de Jorge Gómez Jiménez, que tan generosamente recibe mis aportaciones literarias tan generosamente. Esta luz otoñal nos ha traído a la memoria otra luz, que vendría a darse hacia un 22 de febrero del año de 1939, en Colliure, donde el poeta sevillano escribiría en un papel, que aparecería arrugado en su bolsillo, quizá lo que viniera en ser su último alejandrino: “ Estos días azules y este sol de la infancia”. El último que vería el poeta. Las penúltimas las contemplaría en Segovia al contemplar. “Torres de Segovia, cigüeñas al sol”. Mi profesor vivía en la calle de Escuderos, por donde tantas veces pasaría el poeta. Puede que él y sus padres le saludasen desde el balcón de su casa, camino de su cátedra: “Por allá Antonio Machado más a rastras que de costumbre/, hábito de Desamparado/, desde el Callejón a la cumbre”, lo describiría Gerardo Diego y, seguramente suscribiría nuestro alumno. Pero vayamos a la  nuestro, que la modestia del vate nos tenía embarcados. El Adelantado de Segovia, que es la prensa de la castellana ciudad, daba cuenta de la llegada del ilustre escritor, el 26 de noviembre de 1919: “Ayer   llegó a esta población , con objeto de posesionarse de  de su cátedra de Francés en el Instituto General y Técnico para la que recientemente fue nombrado , el vigoroso y culto poeta Antonio Machado, que en hermosas estrofas ha sabido cantar las grandezas de Castilla, de la que es un ferviente enamorado. Enviámosle nuestro más afectuoso saludo, y mucho celebramos  que encuentre grata su estancia en esta vieja ciudad castellana, donde seguramente hallará motivos de inspiración el genial poeta”. En esta ciudad permanecería hasta 1932. Además de su asignatura le correspondió explicar la de Literatura, hasta la llegada del titular de la misma Ángel Revilla. Mi profesor –Huertas- me aseguraba que la bondad del poeta le llevaba a no suspender a nadie y a mantener una relación humana y comprensiva con sus alumnos. A su llegada se alojaría  en un hotel; pero muy pronto lo haría en una modesta pensión regentada por doña Luisa Torrego, de la que sería huésped hasta su marcha de la ciudad. El testimonio de José Tudela –bibliotecario y archivero-, quien le introdujo en la sociedad segoviana, viene en corroborar lo que estamos sosteniendo, con el contenido de la carta que le  envía el poeta desde Madrid:

    “Señor don José Tudela.

     Segovia.

     Querido Tudela: Mil gracias por su amable carta. Siento no estar en su casa por lo pronto, y espero que tal vez pueda pasar para después de Pascua, aunque sospecho que los precios de ese hostelero han de exceder  algo a mis recursos. Como V. conoce tanto rincones de Segovia , le ruego, y perdóneme esta molestia  que vea si es posible algún pupilaje relativamente económico –aunque sea en la posada del Toro- para mi vuelta a ésa, que sería el lunes . Una pensión de cinco pesetas, con habitación independiente, aunque modesta, resolvería el problema por de pronto. En fin yo le buscaré a V. a mi vuelta a ésa. Perdone tanta impertinencia y reciba un fuerte abrazo de su buen amigo.

Antonio Machado

Madrid, 28 de noviembre de 1919”

     Habitó en el número 11 de la calle de los Desamparados, que conserva y visita hoy en día gracias al cuidado de la Academia de Historia y Arte de San Quirce. Quien la visita contempla las estrecheces y modestia en la que vivió en la gélida ciudad castellana hasta que tras proclamarse la Segunda República en el balcón del Ayuntamiento hubo de irse a su último viaje, acompañado de su madre y un maletín con sus papeles. Ya en Collioure, gracias a la Fundación Antonio Machado, que dirigía Jacques Issorel   y a los testimonios de Jacques Baills, Corpus Barga, Juliette Figuères, José Machado y Matea Monedero de Machado, conocemos este testimonio, que vendría a ser una situación parecida a la conocida por la carta de Tudela. “ Durante las comidas eran ellos la preocupación constante de Madame Quintana –y eso que era costumbre suya el cuidar de su clientela- porque sintió que esta gente quizá necesitara más consuelo que los demás . Por eso se preocupaba sin cesar  por saber si tenían bastante comida y sin cesar les preguntaba : “¿Han comido bastante?”¿Les gusta esto o no?” Y ellos, siempre discretos y sencillos , respondían: “ Sí, está bien, nos basta”. Siempre les bastaba . Hay que añadir que tenían una gran preocupación  -lo supe por José que me lo dijo- y era que disponían de poco dinero y temían no poder pagar la totalidad  de la cuenta cuando llegara el día de marcharse de Colliure”. Nunca marcharon. A su madre le dijeron, cuando murió el poeta, unos días antes de morir ella que su hijo había viajado. Bien podía haber usado de su fama de poeta, de figura del republicanismo para subsistir. Y en su modestia, según testimonios como éste, no dejó de ser un hombre sencillo, humilde y modesto.

     Mi profesor seguramente estaría al cabo de la calle. Y me habría guiñado el ojo para decirme algo así como: “Don Antonio Machado, poeta y hombre modesto, no te olvides”.  

José Ruiz Guirado, escritor.

La danza de mi lengua

Por: Eva Márquez.

Adoro cuando me reclinas sobre tu pecho
y el ritmo acompasado del latido de tu corazón
masajea mis sienes.
Cierro los ojos, -los mismos ojos azul infierno
que te convocan a una guerra de descanso- .

Adoro el olor almizclado que desprende tu entrepierna
y tienta a las yemas de mis dedos a asomarse de puntillas
y a timbrar a golpe de caricia la puerta de tu faro.
Me dices que el festín está dispuesto y dejamos
para ayer las sombras de nuestros infieles recuerdos.
Te me dejas mecer entre mis manos -que ya no dedos,
ni yemas a hurtadillas- y mis manos te danzan
un minué autodidacta recorriendo tu emoción desnuda,
sinónimo de la desnudez de mi ternura.

Tu falo me provoca, -y ahora con los ojos bien abiertos-
me atraganto de gula de ti, me deleito con la torre
de tu exuberancia, mientras el Bulldog de mi avariciosa boca
saliva de angustia por mantenerla marginada del baile.

Adoro cuando el brillar de tus ojos -los mismos ojos verdes
pradera que me incitan a una guerra de capricho- ,
me sesean tu licencia al nirvana de mi boca.
Y al igual que se reprocha a un niño malo
debo sancionarte para evitar tus manos lideren la situación,
pues mi lengua ávida y desatada ha iniciado su propia danza
expresionista agotando tu aliento viril.

Adoro cuando la suavidad de la mujer loba
que habita en mis manos doblega tu voluntad
y vacían ante tu desconcierto la savia salina
que enriquece mi lengua de gato.

Y adoro como nunca,
el plácido sueño al que me envías
con tu cálido abrazo
tras una dura jornada
de trabajo.

Eva Márquez, escritora, abogada. España.

http://cosasqnuncatedire.blogspot.com/

Circo vacío

Por: Javier Febo

Abren las puertas

 el humo se dispersa

 No hay nadie

 La niña con el vuelo de garza

 voló y voló con el fabricador

 de relámpagos

 El mago enamorado

 de la peluca de alacranes

 me ha dejado el frasco

 del huracán vacío

 No habrá función

 Este domingo de mentira

 El payaso taciturno

 que usa

 sombrero de anarquía

 y de zapatos dos cocodrilos

 sólo él y yo nos reiremos

 en aquel baúl polvoriento

 y mohoso

 Dejarán servido el maví

 del duende con sabor

 a ajonjolí

 Dónde estará

 el borrador de ideas

 el domador de hormigas

 la gitana bizca

 con la bola de cemento

 dónde dónde

 Sólo quedo

 con un trapecio invisible

 y suicida

 con un caballito rosa

 de alitas en los costados

 con una orquesta de mosquitos

 con el taíno que apaga

 las luces

 y con la imitación de un

 mago

 que saca de su

 sombrero un racimo de

 fetos de boas

 

 Me iré

 a domar los dinosaurios

 que tengo en la cabeza

 

Intento

Por: Javier Febo

Fallaré

en ser comisario

 de los bostezos

 del aburrimiento

 

 Fallaré

 en estrujar

 las carcajadas

 de la minifalda

 

 Acertaré

 en publicar

 los desaires

 de mi boda

 con la pared

 

 Acertaré

 en vengarme

 de aquel violonchelo

 que tocó las notas

 de mis venas

 

Javier Febo, escritor.

Expropiación

Por: Luis Raúl Calvo

Plumas de sal en la cueva del jinete.
Los huesos se astillan en la casilla de correo.
Hay que tener constancia de la pérdida
para atestiguar en el juzgado del lobo.
Todos fuimos carne alguna vez
carne atascada en el lavatorio de las moscas.
La nodriza esconde a su cría
en el purgatorio del reuma.
Los estigmas nacen del primer beso umbilical.
Hemos dejado paso a las abejas exotéricas.
Partidos al medio, purificados por el cólera
expropiamos el hambre de la última intrusa.

 

Villa Devoto (1973)

Por: Luis Raúl Calvo

Esta pequeña eternidad se origina en el
instinto.
Voz que se guarece en la noche de todas las
tormentas.
Amar fue destituir a los rojos conserjes, de
los hoteles
habitados por las ondas paralíticas.
Las escenas pasan, pero algo perdura en el
vahído
de los nómades.
El delirio de los presos condenados a ser libres
tus besos suspendidos en el manantial de la
locura
y ese rostro de horror de las mujeres, eternizadas
en el ojo de la viuda.
Los vestigios de la luna en el lago
son la zona macabra de los signos perdidos.
Alguien reconstruyó el escenario del crimen
con las muletas olvidadas en un fragmento de
nuestra historia.

Luis Raúl Calvo, escritor, psicólogo. Argentina.

 

Quizás una oda

Por: Carlos Sánchez

¿Cómo haremos ahora sin los bárbaros?

Después de todo, aquella gente era una solución.

 Constantino Kavafis

 

Cuento los satélites que pasan

indiferente a las estrellas

te grito e-mail exasperados   

cambio canal con desconsuelo

caliento la comida prefabricada

en un horno sin fuego

leo los periódicos con sus afonías

consumo frutos sin semillas y aroma

paseo por la playa

gambeteando escorias

abro los ojos

veo tu cuerpo entre nubes de humo tóxico

dejo el celular en casa  

para aislarme de mí mismo

arrastro mis libros

en un cuarto sin ventanas

los entierro ceremoniosamente.

Sufro de modernidad material:

compro zapatos chinos

camisas tailandesas

pantalones hindúes.

Pasivamente participo en el ocaso

de la flora y la fauna

y otros bíblicos frutos.

Observo las armas siempre más inteligentes

y la repartición del mundo

veo como se visten de banderas multicolores

los ataúdes folklóricos.

Pago impuestos en un agujero negro

voy a votar calamidades

resisto apenas a la moralidad inmoral

de mi reino animal.

Me aturde el avance de la tecnología

en la creciente hambruna reinante.

Me sorprende tanta solidaridad

por las focas en extinción

tanta turbación por el ambiente

tantos parasitismo camuflado:

tanta inflación de soledades

en la multitud.

Lamentablemente me resta poco tiempo

para admirar el éxito final

de tan inmenso progreso civilizador.

Carlos Sánchez, escritor, traductor. Argentina/ Italia.

 

Alarido

Por: Ulises Varsovia

 

Asomado al abismo

de las edades del hombre,

armado de espejo y bastón,

de linterna, utensilios de piedra,

y un monóculo engastado

en el ojo de la distorsión,

en el ojo de tristes lágrimas…

 

¿Cómo te pareces a ti mismo,

singular vástago del desvarío,

depositario de todas las taras

de la primera bestia locuaz!,

 

¡qué idéntico a tu primigenio

antepasado hurgando en los huesos,

hurgando en su raíz amarga,

precipitándose en la alienación!

 

Desde el desamparo existencial

en el alarido desgarrador

de la orfandad genética,

en el pánico del corazón

bajo el brillo relampagueante

de las estrellas premonitorias,

y pasando por la lobreguez

del espíritu en el desarraigo

silvestre de las tablas de la ley,

 

¡cuánto te conozco, hijo de nadie!,

¡cuánto te amo y te compadezco

atascado en la cruel dualidad

de noble materia pristina

y mugre de la luz equívoca!

 

El desvarío tu báculo ciego,

y desde el abismo de tus edades

un alarido de bestia herida

reproduciéndose en mi garganta.

 

Curiosa criatura

Por: Ulises Varsovia

Curiosa criatura el bípedo,

afanado desde la infancia

en forzar claves y cerrojos,

siempre a la búsqueda del rastro

de sus raíces por las edades,

de cabeza en el laboratorio.

 

Único entre los seres terrestres

cuya sabiduría el fruto

de largas hileras de cruces

sobre los campos de batalla.

 

Miradle revisar el átomo,

miradle inclinarse, ceñudo,

sobre el embrión de la mies desnuda,

o irrumpir, altivo, en la antesala

del quid de las claves genéticas,

maravillado de su valía.

 

Ya en las cavernas indagó tinieblas,

y revestido de su traje argénteo

con lúdicas places tintineantes,

danzó emitiendo salmos agrestes,

atrapando con mágicos ritos

el ser animal en las paredes.

 

Pequeño dios del follaje cósmico,

cuando el arúspice inspeccionando

el hígado de las víctimas,

o abismado en las constelaciones,

allí ya el fatídico inicio

de las expediciones planetarias.

 

¿Hasta cuándo descenderá el ojo

para mirarse íntegro por dentro?

¿Qué hallaremos cuando el microscopio

salve los últimos obstáculos?

¿Y qué sentido tiene el dolor humano?

 

Curiosa criatura el bípedo.

 

Clandestino

Por: Ulises Varsovia

Clandestino con mis secuaces

de irreprochable transparencia,

anónimo bajo los disfraces

de un hábil prestidigitador

camuflando su identidad

en la interminable proscripción,

 

señores agentes del orden:

mis intachables credenciales

de buen vecino de los suburbios,

mis títulos académicos

de prestigiosos antros burgueses,

mi cátedra en el burladero,

mi pasaporte de transeúnte

entre el acato y la transgresión,

 

¿hasta cuándo vuestros sabuesos

olisqueando entre mis papeles

de tinta iracunda y blasfema,

hasta cuándo vuestra orejas

de artilugios inalámbricos

secuestrando mis pobres palabras,

hasta cuándo la difamación,

hasta cuándo el cerco de tinieblas?

 

Abrumado en la clandestinidad

con mis papeles acrediticios

y mis maneras de buen burgués,

mudando disfraces gastados

en el roce con la legalidad,

fiel a mis íntegros secuaces

desdoblándose de mis personas,

 

permitidme, agentes del orden,

subir sólo una vez al púlpito,

y gritar desde allí, aullar

hasta que sollocen los feligreses,

y el Espíritu Santo me absuelva.

 

Ulises Varsovia, escritor, catedrático. Chile.

http://ulisesvarsovia.tripod.com/

 

A discovery

by Cesar Klauer

     Maria had worked for them for twenty years and had never witnessed anything wrong, except for that afternoon.

     She saw it after she had emptied the last waste basket. She almost missed it but, as if it wanted to be found, it fell in front of her.

     What would she do now? Go tell? Put the disgusting thing away? Throw it in the garbage? She pondered the chances and made a decision.

     Maria took tissue paper, picked up the condom, made a little packet and threw it into the big trash bucket. The nuns would never know she found it.

 

El descubrimiento de María

Por: César Klauer

     María había trabajado para ellas por casi veinte años seguidos y nunca había visto algo así, excepto esa tarde.

     Lo vio después de vaciar la última papelera. Casi se le pasa pero, como si quisiera ser hallado, cayó justo frente a ella.

     ¿Qué iba a hacer ahora? ¿Ir con el cuento? ¿Botarlo a la basura? Consideró todas las opciones y tomó una decisión.

     María cogió papel higiénico de su bolsillo, levantó el condón con cuidado, hizo una bolita en la palma de la mano y la tiró al tacho de la basura. La Madre Superiora nunca se enteraría de nada.

 

Fly, fly away

by Cesar Klauer

     He was standing on the highest rock, the dim rumor of the ocean, the seagulls reflected in his eyes. How beautiful were they! How elegantly they flew! Their clear profile cut against the bright blue sky, breathing from the clouds, being caressed by the sun. From down below, they were spots moving around but up there they were imposing figures, masters of the sky. He wanted to be like them and share the open space, float in the air. He saw down the cliff how the white foam bathed the rocks, got ready to leap off. Pitty. Penguins can´t fly.

 

Ganas de volar

Por: César Klauer

Se paró en el risco más alto con el rumor del mar envolviéndolo y las gaviotas reflejadas en sus pupilas redondas. ¡Qué hermosas eran! ¡Qué vuelo tan elegante!

Sus perfiles se recortaban nítidamente contra el cielo brillantemente azul, respiraban directamente de las nubes, se dejaban acariciar por el sol como algodones alados que navegaban en el rumor de la marea: imponentes aves hijas del cielo. Él quería ser como ellas y compartir el espacio libre, nadar en el viento.

Entonces, miró hacia las rocas bañadas de espuma blanca, se alistó a superar el vacío. Sí se puede, suspiró el pingüino.

César Klauer, escritor, catedrático. Perú.

 

A veces pasa o no pasa nunca

Por: Agustina Jazmín

eras muy chico cuando los aviones bordeaban la punta del pañuelo
en piruetas transversales que sacudían tu pelo con ondas
no podías hacerle doble nudo a las zapatillas y mucho menos
comprender que ese viento te congelaría tres dedos
de ahí en adelante


y cada vez que intentas discar un número en el teléfono
terminas llamando a la policía que se enoja y te apaga la luz
y cada vez que pones a calentar el café antes de estudiar
te confundís de hornalla y se te incendian los apuntes
y cada vez que bordas pececitos en una frazada vieja
se transforman en pirañas que de noche muerden los pies
pero esto último no lo haces casi nunca


la mano siempre fría es una mariposa disecada con harina
tanteando inútilmente mis pestañas de plush con el tacto caduco
apagadas las terminales nerviosas correspondientes
es menester no pretender dar clases de texturas


a veces escribís mentiras de cosas
que parecen reales, que parecen espuma de afeitar
en una máscara de carnaval roja con dos tiritas
yo lo creo todo como si fuese una biblia milenaria
en realidad en la biblia no creo
pero sí en tus párrafos ordenados


me traen en un carrito de golf la idea de escaleras blancas
con barandas arabescas a los costados, con lagartos
en poses lánguidas y caprichosas sobre estrados
se me ocurrió cuando bajé corriendo la rampa para ir a saludarte
y casi me tropiezo pero me mantuve y simulé indiferencia
a las estúpidas rodillas temblorosas (que bailaban, además,
porque tenías el perfume de templos cerrados durante siglos)
vos me diste la mano con la seriedad del señor del banco


no pude moverme hasta que se hizo de día
tus tres dedos derretidos formaban un charco en las baldosas
que esparcí como sin darme cuenta con los zapatos
se me llenaron de escarcha y me resbalé al subir al colectivo
pero como ya te habías ido no lo viste


La difícil tarea de ser anfitrión

Por: Agustina Jazmín


porque pasa que uno organiza un festival propio
cuelga luces de colores y banderines en las ventanas
espolvorea pétalos de cartulina en el acolchado
mientras canta con los ojos algún estribillo cliché
sobre manos que son terciopelo lavado cien veces
en un jarrón de agua repleto de suavizante
sobre unas rodillas almohadón que por un extraño azar
no están bordadas con alambre de púas
y al mismo tiempo acuna contra los párpados titilantes
una imagen temblorosa que presagia horas de espuma


es para morirse de risa que después de tanta minucia
de ir recogiendo los ademanes, los jirones de vestidos
para fabricarse de sorpresas impecables cada vez
no se resista la tentación de colocar en todo el perímetro
cortinas de telarañas electrificadas como vallas
el invitado único traspasa la puerta principal
su índigo halo se vuelve estertor de violetas aplastadas
el cuerpo no lo sabe pero un polvillo de cenizas
borra de la piel el brillo suave de nácar


la inconsciencia de ser menos que transparencia
estando petrificado en una rocosa apatía
resuelve una maraña de maniobras tempestivas
para explicarse de inmediato lo deslucido
el por qué el dónde está la trampa
y así, el auto-boicot parece una cosa diferente
parece no más.



Agustina Jazmín, escritora.

 

Creación Literaria

(La soledad de la invención)

Por: Emilio Moyano 

1

     Marcos arrojó el cigarrillo en el cordón de la vereda y se decidió a entrar. No fue un acto de heroísmo, no fue un esfuerzo; se trataba de una necesidad. Su cuenta bancaria había perdido algunos dígitos en los últimos tres meses, y si no hacía algo por sí mismo, muy pronto habría de verse en problemas. El sol estaba en el poniente; algunos rayos apenas se vislumbraban tras los edificios. Subió los escalones del museo y se dirigió a la sala de la muestra permanente. No había nadie alrededor. Sólo se oía el ruido de sus zapatos al caminar sobre la madera y el ruido de los extractores de aire. No es que hubiera pensado que Renata le fuera a fallar, al menos no le había dado esa impresión cuando hablaron por teléfono, sin embargo, después que cruzó las puertas y la vio de espaldas, mirando aquel enorme cuadro de Lino Spilimbergo,  se sintió inseguro. Ahí comprendió por qué ella había elegido el museo municipal para encontrarse, en lugar de cualquier otra esquina céntrica. Comprendió que había caído en una red y que bajo ningún aspecto podría escapar.

 

2

     Él está sentado frente a la computadora. Escribe la siguiente frase: “Marcos arrojó el cigarrillo en el cordón de la vereda y se decidió a entrar”. Mira hacia la ventana del estudio, cuyas persianas están bajas, y luego retorna a su tarea sobre el teclado. Sin pensarlo demasiado, escribe unas cuantas frases más.  Se detiene. Borra la última serie de caracteres; “el rumor de los extractores de aire”; y escribe “el ruido de los extractores de aire”. Vuelve a mirar hacia la ventana, por encima de la pantalla del ordenador. Aleja la silla del escritorio y se pone de pie. Afuera está lloviendo. Se dirige a la cocina y prepara una taza de café. Regresa al estudio. Deja la taza a un costado para que se enfríe un poco. Escribe la siguiente frase: “una ligera inquietud, una extraña desconfianza, guiaba sus pasos”. Pero se arrepiente y retrocede el cursor adonde lo había dejado antes. Toma un trago de café. Se aprieta los nudillos de la mano, se toca el cabello. Escribe unas cuantas líneas, unas cinco o seis. Después enciende un cigarrillo y lee el párrafo desde el principio. No se muestra convencido. Levanta la taza de café con la misma mano que sostiene el cigarrillo y toma un trago. Respira profundo. Finalmente, selecciona todo el texto. Un cuadro negro con letras blancas cubre la superficie del monitor. Se pone el cigarrillo en la boca, entorna los ojos para evitar el humo, y presiona la tecla de borrado. Luego se levanta y va hacia la biblioteca. Saca un libro de Paul Auster. La invención de la soledad. Abre la última página. Copia esta frase en un papel: “Fue. Nunca volverá a ser. Recuérdalo”. Entonces, cierra el procesador de textos. Apaga la computadora. “Fue”, piensa. Nunca más volverá a ser.

 

Emilio Moyano, escritor, docente. Argentina.

 

Presagio

 

Por: Flavia Hein

Apareciste
con tu sonrisa a cuestas
para disolver
mi triste tristeza triturada.
Tu risa, nuestra risa
risa de tiempos olvidados
en lo profundo del recuerdo
van formando un manto
que me protege
de este mundo sin sentido.
Tu sonrisa, presagio de esperanza
poco a poco va habitando
mi alma yerma
y con júbilo
nuestras insípidas vidas
van virando hacia el edén.

 

Despertar en ti

Por: Flavia Hein

Jn. 15.16

Despertar en ti
Sentirte a cada paso
Saberte en cada decisión
Animarme a más por ti
Entender que todo tienen una razón
Y ¡Cuánta razón tienes!
Al proponérmelo así
Y aceptar que no va a ser
Como a mi me gustaría que fuese
Sino como tú creas que es mejor para mí

Despertar en ti
Porque tú así lo imaginaste
Y yo lo acepté
Porque entendí que todo tiene una razón
Y ¡Cuánta razón tienes!
Al proponérmelo así
Porque acepté que no va a ser
Como a mi me gustaría que fuese
Sino como tú creas que es mejor para mí

La fría dama blanca

Por: Flavia Hein

"La muerte...sabes que está aquí aunque no la
veas; muda, con una boca enorme cuando la
abre estás dentro sin saber qué ha pasado.
Estás muerto,sin más."
Conversaciones con el jardinero.

Surgirás del abismo,
rasgarás mis vestiduras,
abrirás tus fauces,
me masticarás,
un chillido hueco sonará
bajo una luna llena,
recuerdos seré.

Flavia Hein, catedrática, correctora, escritora. Argentina.

 

Vivir no es una utopía

Por: Florentino Gutiérrez Gabela

 

Somos habitantes acosados por el monstruo

que hace jirones de cada aliento,

allí donde el destino expande su patíbulo

de falsas benevolencias.

No en vano, la vida es voraz y se apropia de la carne

y de su absurda embestida.

La vida es el único argumento que se proyecta

con la aspereza del olvido,

el único verdugo que construye su costura de mármol

y herrumbre,

despojarnos de esa envoltura inmaculada

no basta para acallar las sacudidas,

solo la vida mata con su certera losa

y con su frío perfume de hastío

¿es preciso derrochar el alma

y ver su hermosa destrucción?

¿es necesario ver cómo asoman demonios de azufre

bajo su roja túnica?

Nada importa ese caudal de ocasos

que sobreviene inadvertido y nos habita,

cada cual está dispuesto a su extravío,

a la comunión protectora

en su confortable territorio de complacencias.

No hay más que una frágil distancia que nos derrumba

cuando ya solo el polvo nos reconoce,

cuando el silencio va invadiéndonos ese trozo de piel

al final de la noche.

Todo al fin para escuchar ese canto último

lenta y conmovedora espina

silvestre punzada de los dioses.

 

Solo la vida fluye cuando el hombre sueña.

 

El hombre, río de tránsito, inicia el viaje

mientras el aullido asciende de su estupor primero.

Estos días olvidadizos ya no dan luz

hay que tener cuidado con estas horas que se pudren.

Hoy, hasta yo mismo soy una utopía diseccionada

por donde no entra el sol

y donde me desangro cuidadosamente.

 

Florentino Gutiérrez Gabela, escritor. España.

Los Pájaros

Por: Carlos Wilfredo Trejo

     Hoy vi un pájaro muerto tirado en la acera. Su pecho y su pico hacia arriba, mirándome con ojos vacíos. No me atreví a tocarlo. Di un paso a la derecha para alejarme. Vi sus plumas secas, sus patas torcidas. Me dio la impresión de que era un pájaro falso, pero no lo era. Nadie tira pájaros falsos en la calle. Sentí asco, mas no pude, ni quise, evitar mirarlo otra vez. De su pico asomaba una lengua pequeña y triangular, negra por la falta de sangre. Juro haber visto un polvillo gris flotando de entre sus plumas. Me tapé la boca y seguí de largo. Me sacudí las mangas del saco.

     Soy débil, desde pequeño lo fui. Miro a la gente en el metro y me gustaría ser como ellos; exitoso, con dinero para comprar ropa costosa. Me gustaría algún día llegar a casa cargando una plancha nueva, con una licuadora, y regalársela a mamá. Quiero eso, no pido mucho, y a pesar de todo estoy resignado a mi mala suerte. Sé que tal vez nunca podré.

       Últimamente no he leído mucho acerca de los pájaros. En los periódicos siguen siendo noticia, pero ya casi no aparecen en la primera plana. Ahora los han mandado a una pequeña esquina de la página 32. También yo he comenzado a dejar de sentir algo por ellos.

        En un principio me indignaba. No entendía cómo podían morir tantos pájaros. Al comienzo dijeron que era culpa de la contaminación, entonces hicieron leyes para disminuirla pero eso no hizo que dejaran de morir. Luego buscaron otra causa y otra solución.

        Entonces dijeron que la culpa era de los autos, después que la culpa era del agua que bebían, al final leí que la misma gente los estaba envenenando. Poco a poco todos nos fuimos aburriendo y nos acostumbramos a ver los pájaros muertos en las calles, en el descansillo de la entrada de la casa, en el toldo de los autos, entre las ramas de los árboles, flotando en el agua de las fuentes. Dejamos de poner atención. Los hombres de la basura sólo llegan, los barren y se los llevan. No sé qué harán con ellos. Sólo me preocupa que ese polvillo grisáceo que desprenden de las alas vaya a pegarse en mi traje y luego se meta en mi nariz.

         Hoy tengo una entrevista de trabajo. La quinta en dos días. La número nosecuantosyá en seis meses. Estoy sentado y miro mis zapatos. No tuve tiempo de bolearlos. Los escondo entre las patas de la silla y disimuladamente los froto contra mis pantorrillas. Ruego porque sólo sea polvo y no eso que sueltan las alas de los pájaros muertos.

            Miro por la ventana. Hay sol, pero el viento sopla frío. Mientras espero, escribo acerca del pájaro muerto en una hoja de mi cuaderno. Sé que no habrá a quien le importe leerlo. Ya nadie pone atención en lo que les está sucediendo.

Carlos Wilfredo Trejo, escritor. México.

 

La Agonía del Minotauro

Por: Ulises Paniagua

I

 

Maldito Minotauro que reposas al amparo de mi sombra

como silencio que vulnera una armonía

como fatiga de nocturno peregrino

o encrucijada donde llora una taberna.

 

Maldito Minotauro que habitas mis horas,

riguroso carnicero de añoranza,

grito último y certero.

 

Protervo, sensible, con asombro de alba

ríes y atacas cuando el luto te frecuenta,

 y esgrimes tristeza

cual bandera de letras:

 

Carcómete, pues, en tus rincones de olvido,

templos de cantinas y borrachos,

hilos de Ariadna a tres el kilo,

en las anheladas muertes personales,

en tu ruego.

Destrúyete, cáncer de sociedad,

refugio de mundo.

 

Destempla el corazón,

vuelve al carril de la llana vida.

Despierta,

¿dónde quedó tu laberinto?

 

 

II

 

Te vi, bebiendo. Te vi bebiendo una cerveza quemada. Descansabas la cornamenta, fatigado, sobre la  barra. Esperabas una ilusión, una voluta de cigarro. Hablabas mucho: de la terrible condena que implica ser un hombre de asfalto, del diario llevar el pan para la departición de la cena, del amargo carnaval que en Latinoamérica se gesta, del agudo acero de letras, del recibo de luz. De esta Creta de alta tensión y amplias avenidas bajo  tráfico de oficina, del hilo telefónico que conduce siempre al semáforo –preventiva- del espantoso laberinto.

 

Hablabas. Jorobado y musical. Con ojos de sinsabor, con el dolor a cuestas, con las pezuñas desnudas sin limar. Hablabas. Bebías.

 

Bebías una cerveza, y otra, mientras en los tersos encalamientos de paredes perfumadas de tequila e historias insalubres, el eco de mariachis, y Vicente, y Alejandro, el olor a pulque y José Alfredo y Pedro Infante, inflamaban, sórdidos, un retazo de tiempo.

 

Bla, bla, bla. Hablabas. Con ojos de sueño. Blablabas. De la oscura permanencia de las soledades, estériles como pavimentos en selva lacandona.

 

En el arrastre  de tu cornamenta larga y retorcida -nido de paloma a media noche- contabas maravillas de tu improvisada isla en confines urbanos, de tu particular península que a todos pertenece, del aullido que provoca no conocer jamás la salida; de llanto, de miedo, de la interminable espera del justiciero Teseo.

 

Ulises Paniagua, escritor. México.

 

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